Botellón, jóvenes, alcohol…

Encontraréis en el blog de Educación Social una entrada de un compañero de la facultad que propone un debate acerca del tema de este post. Os dejo el enlace, para que veáis como va la cosa y os adjunto un comentario mío (un poco extenso, cómo no) al respecto. Aquí o allí vuestra opinión será bien recibida.

El amigo Cristóbal nos propone un tema a debatir que creo que es muy interesante porque es de la máxima actualidad y seguro que entre nosotros mismos, futuros educadores, puede haber notables discrepancias.

No entraré en la esfera de lo político ni de lo legal. Prefiero quedarme en la de mi experiencia personal por una parte o, yendo un poco más lejos, en la social.

Quiero aclarar que no tengo una opinión muy formada acerca de lo que es el botellón y cuáles son sus motivaciones y consecuencias. No lo sé porque nunca lo he practicado, al menos desde que tiene este nombre. Sí diré que he estado de fiesta largas horas en grupos multitudinarios y normalmente acompañados de música y/o espectáculos diversos.
Por mencionar algunas de estas fiestas citaría el clásico Canet Rock, que se celebró durante bastantes años hacia finales del franquismo y principios de la democracia, hasta que dejó de ser una alternativa, probablemente superada por la multitud de conciertos rock y pop que poblaron la geografía catalana y seguramente española.
Diré solamente que en Canet Rock se bebía en abundancia y se consumían drogas como hachís y similares. No quiero ni pensar en cómo debía quedar el recinto tras una noche entera de actuaciones y fiesta desmadrada. De todos modos era un lugar cerrado y la organización corría a cargo de la limpieza.
Otras fiestas mucho más callejeras eran los Carnavales. Al principio de la democracia se reintrodujo esta fiesta, muy arrinconada por el franquismo. Vilanova i la Geltrú tiene por tradición uno de los Carnavales más multitudinarios y completos de Catalunya. En esa epoca de ‘restauración’, los Carnavales de Vilanova fueron una auténtica locura. La proximidad de Sitges atrajo la presencia en los Carnavales de Vilanova de la comunidad gay de toda la provincia, lo cual potenció la imagen de alegría y fiesta sin cortapisas ni restricciones. Digamos que a los elementos meramente festivos y de consumo de alcohol y cannabis se sumó un carácter de reivindicación y liberación sexual muy necesario en aquel momento. Cómo quedaron las calles de Vilanova tras aquellas fiestas es algo que naturalmente  cuesta describir. No obstante, yo que he sido vecino de esta ciudad durante años, diré que no parecía que la población autóctona sintiera ningún rechazo por los que venían a celebrar el Carnaval a la ciudad desde otros lugares. Además, la tradición se ha mantenido a lo largo de los años. Hoy día los Carnavales de Vilanova ya no son tan multitudinarios ni llega tanta gente de fuera, sin embargo las calles quedan todavía tremendamente sucias y además pegajosas a causa de las guerras de caramelos y merengue que se hacen como cosa normal.
Otra fiesta a la que asistí y que fue criticada (injustamente) por la supuesta falta de higiene de los asistentes, así como por la promiscuidad sexual que (dicen) se vivió, fueron las Jornadas Libertarias, celebradas en el Parque Güell de Barcelona en julio de 1977. Mi recuerdo de estos días es imborrable. Se bebió, se consumió y se vivió / recuperó una libertad que algunos habían perdido 40 años antes y otros no habíamos conocido nunca.
No cabe duda que debimos ensuciar lo nuestro, pero el Parque Güell y la obra de Gaudí fueron, por supuesto, respetados al cien por cien.
Una fiesta en la que se ensució mucho y se bebió muy poco fue la del día de Sant Jordi, en Barcelona, en 1975 (o 1976). Fui un día de auténtica fiesta nacional, mucho más allá del conocido 11 de septiembre. La ciudad de Barcelona salió a la callé, compró libros y rosas y manifesto su alegría por el nuevo orden y la libertad aquiridas. Cientos de miles de personas en las calles no pueden pasar deaspercibidas ni dejarlas muy limpias… pero a nadie pareció molestarle demasiado este detalle… ya lo dijo Enrique IV: París bien vale una misa… :-)

Pero dejemos la nostalgia: viniéndos para el presente podríamos argumentar que las cosas son distintas y que el momento histórico y las circunstancias que vivimos son diferentes.
Desde luego, pero la juventud siempre es juventud. A mí las restricciones ni me gustaron entonces ni me gustan ahora. Sin embargo sabemos que la calle, lugar que debería ser público tiene su uso restringido cada vez con frecuencia a un sector de la población que no cuenta con los jóvenes.
Por otra parte, el precio de las bebidas, tanto alcohólicas como no, ha subido hasta la estratosfera, igual que la mayoría de cosas, en los últimos años. Los jóvenes, que no tiene fácil acceso al trabajo ni a la vivienda ni a nada lo tienen difícil para salir adelante y pocas razones para sentirse satisfechos.

Mi punto de vista es que prohibir no es la solución. La solución pasa por ofrecer alternativas verdaderas (posiblemente el botellón no lo sea) de vida, de educación y de diversión… y espacios para uso, sin restricciones, para la juventud.
Puede que algunos jóvenes tengan trabajo o estén subvencionados por sus familias y tengan un acceso a niveles de vida más altos y de diversión más ‘sofisticados’, pero sospecho que esta población acomodada y satisfecha es muy minoritaria.

Dejar a los demás abandonados a su suerte se traduce automáticamente en  marginación y actitudes hostiles a la sociedad establecida, bienpensante, adulta, etc.

Personalmente no es eso lo que quiero. Aún me siento muy joven y quiero respeto para los jóvenes. A lavez soy lo bastante mayor como para saber que el futuro de la sociedad está y estará siempre en las manos de la juventud. Los adultos no estamos aquí para prohibir, sino para educar.

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2 comentarios en “Botellón, jóvenes, alcohol…

  1. Hola, Momo.

    ¿Y qué hacemos con los que a fecha de hoy, antes de que dé sus frutos esa educación, impiden el sueño o, más básico, una elemental tranquilidad, sin ruidos excesivos (coches con las puertas abiertas y los equipos de música a tope…) y una mínima higiene (envases rotos, bebidas y potas por el suelo) enfrente de mi portal o en el espacio del parque de mi plaza…? ¿No podemos llamar a la policía local para defender los derechos ciudadanos de quienes no hacemos botellón?

    Creo que la postura que expresas, bastante extendida, no muy original, es tan bienintencionada como en el fondo paternalista. No se considera a los jóvenes como individuos a los que, como contrapartida a su libertad, poder exigir la correspondiente responsabilidad personal, sino más bien como un a grupo informe con unas mismas inquietudes e ideas, siempre más progresistas que las de los mayores, a los que hay que disculparles en conjunto porque son hijos de una sociedad perniciosa y represiva y no tienen margen de elección personal, entre las que se contaría no molestar al prójimo.

    Un saludo

  2. Hola, José Antonio.
    Sospecho que yo sería el primero en quejarme si me montaran un botellón a la entrada de casa.
    Pero eso no pone ni quita nada a los argumentos que he dado. Gente incívica las hay y las habrá, no solo jóvenes sino de cualquier edad.
    La falta de espacios de diversión y la marginación de sectores sociales a causa de su escasa formación y nulo poder adquisitivo son un hecho que está dando y dará en el futuro problemas mucho más graves que el ruido y la suciedad por los que ahora nos quejamos.
    Y si no, al tiempo…

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