Solo 24 Horas #100 y una Profecía

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Hemos llegado al número 100 de nuestro podcast Solo 24 Horas. Y también a los tres años de andadura con él.

En el propio podcast lo hemos celebrado junto con algunos de nuestros mejores amigos y oyentes más queridos. Y desde aquí queremos hacerlo también… recordando un viejo cuento que escribí en diciembre de 2005 y que el otro día recuperé, al hacer un poco de limpieza en el ordenador.

Este relato, llamado La Profecía aperecío en nuesto Solo 24 Horas #3, el primero en que participó Nena, que fue quien lo leyó.

Creo que no es muy malo, así que os lo dejo aquí para quienes no lo escucharon en su día…

Y los que prefieran oírselo leer a Nena, ya saben dónde econtrarlo… :-)

Había una vez, hace mucho tiempo, un hombre joven y rico al que le gustaba mucho el mar y navegar. Un verano, partió desde la Florida en un crucero por el Caribe. Era el propietario de una hermosa goleta, que más que navegar volaba sobre las aguas. como si de una gaviota se tratara. Tenía además una tripulación experta y él mismo era un marino nada desdeñable, pues venía de una familia de armadores de Boston, que siempre había tenido mucho que ver con el mundo del mar y la navegación.
Desgraciadamente, el verano es precisamente la época más peligrosa para la navegación en aquellas zonas, a causa de los terribles ciclones y huracanes que a veces se producen.
Y eso fue lo que ocurrió, cuando el Santa Ana surcaba las aguas al norte de La Española un fuerte huracán les alcanzó. La tripulación luchó contra la terrible tempestad durante una noche entera. Un hombre cayó al mar y se perdió, el barco sufrió serios daños en la arboladura, y debido a eso y a la terrible fuerza de las olas, gobernarlo resultaba imposible. Navegaba sin rumbo y se mantenía a flote solo por tratarse de un magnífico navío construido por los mejores armadores… pero nada se podía hacer en aquellas condiciones y todos pensaron que iban a morir… La lluvia torrencial les impedía ver más allá de unos pocos metros y cuando por un momento pareció amainar vieron de pronto que el viento les impulsaba hacia una costa y que chocarían contra los temibles y altísmos farallones que se veían a lo lejos. La tripulación luchó y luchó por evitarlo y al amanecer, cuando todos estaban ya exhaustos, el temporal fue amainando y los vientos les empujaron hacia una playa de arena, lejos de las grandes y amenazadoras rocas que habían visto no muy lejos de allí.  Al fin, el barco encalló y quedó varado en la arena, mitad dentro mitad fuera del agua, como un pez moribundo…
La tripulación y Rick, que así se llamaba el joven navegante, dieron gracias a Dios por haberles librado de una muerte que parecía segura y, cuando el día se levantó y las aguas se calmaron, saltaron a tierra en busca de ayuda.
Encontraron un pequeño poblado de gentes amables y sencillas que les acogieron bien. Tal como suponían por las cartas de navegación, les confirmaron que se hallaban en la costa norte de Haití. Allí tuvieron que pasar unos días hasta que encontraron la forma de hacer las reparaciones mínimas en el navío para poder navegar de nuevo y emprender el viaje de regreso. Durante ese tiempo la pequeña tripulación y los nativos convivieron y compartieron su tiempo. Durante el día reparaban los destrozos que el temporal había hecho en el poblado, o pescaban o se bañaban en el mar. Por la noche encendían una gran hoguera y bailaban y cantaban, y los nativos contaban historias que los americanos no entendían, pues allí hablaban un idioma que en poco se parecía al francés y absolutamente nada al inglés.
Una de las noches, los bailes alrededor de la hoguera parecían ser especiales, los nativos iban pintados y vestidos de una forma poco corriente y su forma de danzar tampoco era la habitual.
También llevaban armas… largos cuchillos que nuestros amigos americanos no habían visto hasta entonces. En un momento determinado de la noche, bien pudiera haber sido a la medianoche, cuatro guerreros danzaron de una forma extravagante alrededor de la hoguera y casi dentro de ella, y una muchacha que parecía hallarse en trance bailó con ellos. En un momento, la joven, seguida por los guerreros, rodearon a los navegantes y la música cesó.
La muchacha se puso en cuclillas en el suelo y hablando en perfecto inglés le dijo a Rick lo siguiente:
Mientras bailaba ante ti, los espíritus me han revelado tu futuro. ¿Quieres conocerlo?
Rick asintió totalmente desconcertado. Y la muchacha prosiguió, mientras la música sonaba de nuevo, ahora de una forma rítmica pero suave…
Dentro de tres lunas, en una noche que del cielo caerá agua blanca, tu padré morirá y poco después le sucederás en los negocios.
Pasarán cuatro estaciones y tú te pondrás enfermo, los brujos de tu tribu no sabrán qué te está pasando, pero te pondrás peor y estarás al borde de la muerte. La mujer con la que planeabas compartir tu vida no podrá soportarlo y te abandonará. Luego estarás mejor algún tiempo y pero volverás a caer gravemente enfermo. Al fin, después de luchar largo tiempo contra el dolor y la muerte, tu vida terminará…
La muchaca salió de su trance de forma repentina, los ojos que hasta entonces habían tenido la mirada extraviada y lejana, recuperaron su brillo natural… la música cesó de nuevo. Los guerreros, que en todo momento habían permanecido cerca de ella, la sujetaron, pues parecía que iba a caer y se fueron con ella, seguidos del resto de  nativos.
Rick y su tripulación se quedaron solos y desconcertados ante la hoguera que les confería una imagen espectral, más extraña aún de lo que ya les correspondía en su condición de náufragos.
Como dijimos, al fin el barco fue parcialmente reparado y todos regresaron a la Florida y después a Boston.
Rick parecía preocupado, observaba a su padre con atención y seguía en la medida de lo posible llevando sus asuntos normalmente. Como todo parecía seguir su curso, se fue tranquilizando. Y como no había comentado a nadie la extraña profecía, él mismo la arrinconó en un lugar apartado de su mente. Se dijo que aquella muchacha, que obviamente conocía su idioma, le había querido gastar una broma y trató de no pensar más en ello. Faltaban solo unas semanas para la Navidad, todos estaban contentos y Rick fue una tarde con su prometida Jenny a comprar regalos para todos en las mejores tiendas. Estaba ya anocheciendo cuando terminaron, y al salir a la calle y tomar su carruaje Rick sintió que hacia un frío tremendo y el cielo tenía un color diferente.
Al cabo de poco rato se puso a nevar, primero suavemente, pero luego de forma intensa.
Rick recordó de nuevo la profecía de la nativa haitiana. Le dijo al cochero que se apresurara, dejo a Jenny en su casa y enseguida regresó a la mansión familiar. Entró dando voces y preguntando si su padre había regresado ya. El viejo armador se encontraba junto a la chimenea, en el primer piso, leyendo unos informes, cuando oyó los gritos. Salió apresuradamente para ver qué sucedía y al bajar por las escaleras dio un traspiés y cayó, dio varias vueltas y con mucho estrépito primero y un terrible silenció después, quedó inmovil en el suelo. Rick, al pie de las escaleras lo recogió, sin sentido, pero vivo. Lo llevaron a su cama, avisaron al médico… pero nada se pudo hacer. Antes de la medianoche el viejo Richard Benson expiró, dejando toda su fortuna y negocios a su joven heredero, Rick.
La pena de Rick fue grande, y su preocupación mayor, viendo cómo los malos augurios de la joven bruja empezaban a cumplirse.
A pesar de todo, la vida continuaba y los negocios tenían que ser atendidos. En la primavera siguiente Rick emprendió un viaje de negocios a Brasil. Además de los astilleros, la familia de Rick hacía tiempo que estaba en el negocio del caucho. Y ahora, a falta del viejo Richard, quien periódicamente hacía viajes hasta lo más profundo de la Amazonia, el joven Rick tendría que desplazarse hasta Manaos para llevar el control de su productivo negocio de extracción de este valioso recurso.
Jenny, la novia de Rick, le pidió que no fuera, que no la dejara sola, que enviara a alguien a resolver esos lejanos asuntos… pero Rick. fiel a la tradición familiar, quiso hacerse cargo del negocio personalmente y emprendió aquel largo viaje. Un barco de su compañía que hacía el viaje Boston-New York-Paramaribo-Salvador de Bahía le llevó hasta Belem, desde donde tomó un vapor que remontaría el Amazonas hasta Manaos.
El viaje fue largo y pesado, pero nada en comparación al calor asfixiante de Manaos.
Por suerte o por desgracia, el caucho, verdadero oro blanco de la región, había convertido a Manaos en una verdadera metrópoli en el corazón de la selva, donde se podía encontrar todo aquello que se deseara. Uno podía adquirir los mismos artículos que en las mejores tiendas de Londres, París o Nueva York… eso sí a precios sustancialmente más elevados, debido al coste del larguísimo viaje. En cuanto a las diversiones, todo aquello que pudiera imaginarse, tenía su lugar en Manaos. En el relativamente poco espacio arrebatado a la selva que suponía la capital de la Amazonia, se podían encontrar más placeres y diversiones que en cualquier lugar de Europa o Asia… y no digamos ya de la bienpensante y conservadora Boston.
Rick hizo sus negocios en la capital, viajó al interior de la selva para ver cómo se obtenía su caucho y si el calor de Manaos le pareció asfixiante el de la selva fue absolutamente abrumador, los mosquitos se cebaron en él y a punto estuvo de ser picado por una peligrosísima serpiente venenosa. De vuelta a la capital, dedicó algo más de tiempo a los negocios, compró nuevas tierras durante el día y dedicó sus noches a los muchos espectáculos y placeres que se le ofrecían. Tal vez porque en Boston la discreción no le permitía hacerlo, tal vez para quitarse el sabor amargo que le había quedado al saber de qué forma vivían y trabajaban las gentes que hacían posible sus fabulosos ingresos obtenidos del caucho.
Al cabo de unas semanas emprendió el regreso a casa. Cuando llegó, habían pasado 6 meses y el verano tocaba a su fin.
Llegó el frío y la Navidad, que fue triste, pues no era fácil eludir el recuerdo del buen Richard Benson. De todos modos, Rick y Jenny empezaron a hacer planes para su boda y eso puso una nota de alegría y esperanza en unas fechas que de lo contrario habrían resultado especialmente amargas.
Sin embargo, como el lector, en este caso oyente, ya podrá suponer, la primavera llegó de nuevo y un gran malestar, acompañado de fiebre vino a atacar al joven Rick, que en muy poco tiempo cayó gravemente enfermo. Fueron llamados los mejores médicos de Boston, Filadelfia y Nueva York. No se pusieron de acuerdo en el tratamiento a seguir, pero fueron unánimes en afirmar que Rick había adquirido una extraña enfermedad en Brasil, el origen de la cual resultaba muy poco claro, pero cuyo desenlace no parecía nada halagüeño. Tampoco estaban del todo de acuerdo acerca de si la extraña enfermedad era o no contagiosa, pero por si acaso restringieron las visitas al enfermo a las personas más allegadas y a los criados y enfermeras ocupados de su cuidado. Sugirieron que la señorita Jenny visitara los menos posible al paciente, ya que era muy joven y de salud delicada.
Pasaron algunos meses, y al fin los padres de Jenny comunicaron que, debido al delicado estado de salud de su futuro yerno y a la espera de acontecimientos, suspendían temporalmente el compromiso matrimonial. De hecho, poco tiempo después, Jenny adquirió un nuevo compromiso con alguien de una fortuna tan sustanciosa o más que la del propio Rick Benson y apenas 6 meses después contrajo matrimonio.

Fue más o menos para entonces, cuando ya casi todos habían perdido las esperanzas, que la enfermedad de Rick fue remitiendo, las fiebres intermitentes, los calambres y otros síntomas de su extraña enfermedad cedieron tras muchos meses de tenerlo entre la vida y la muerte y al fin los médicos pudieron darle el alta, condicionada, eso sí, a revisiones constantes y a llevar una vida tranquila y apartada de viajes o situaciones que pudieran poner en peligro su frágil y recién recuperada salud.
Fue entonces, aún convaleciente, cuando Rick vino a reparar en una pequeña enfermera, llamada Silvia que le había estado cuidando durante toda su enfermedad. Silvia siguó atendiéndole hasta que los médicos le dieron el alta absoluta y definitiva. Ella se pasaba horas y horas junto a Rick, le leía libros cuando él se lo pedía o charlaban, en ocasiones de cosas triviales a veces de otras de mayor importancia.
Cuando Rick estuvo bien, Silvia le contó que con el dinero que había ganado emprendería viaje a Calcuta. Allí pondría sus conocimientos al servicio de los enfermos más pobres de la ya por entonces gran urbe asiática. Silvia iría a tratar a los enfermos de lepra y otras terribles enfermedades en la misión de las Socorristas del Santo Sepulcro, orden tradicionalmente dedicada a cuidar enfermos graves y moribundos, además de pobres de solemnidad.
Eso impresionó a Rick, que le pidió que se lo pensara. “Tal vez vuelva a necesitarla, amiga mía. Mi enfermedad es misteriosa y de la misma forma que he sanado después de tanto tiempo, podría recaer más adelante.”
Silvia le aseguró que rezaría para que eso no ocurriera, le dijo que otros la necesitaban más que él y se despidió, dejándole las señas del lugar donde se encontraría en Calcuta por si deseaba escribirla y una extraña sensación de vacío interior que Rick jamás había conocido hasta entonces.
No pasó mucho tiempo hasta que, siguiendo paso a paso la profecía de la bruja, Rick cayó repentinamente enfermo otra vez. En esta ocasión la enfermedad tenía altibajos, durante una o dos semanas se encontraban a las puertas de la muerte, mientras que luego tenía un periodo similar o incluso más largo de relativo bienestar.
Fue en uno de esos periodos de mejoría cuando Rick tomó una asombrosa determinación, ordenó la venta de todos sus bienes y la entrega de los beneficios que estos produjeran a la Orden de las Socorristas del Santo Sepulcro, con una sola condición.

Sus allegados, familiares y administradores, trataron de diusadirle, atribuyendo tan descabellada idea a la enfermedad que le carcomía, pero Rick no se dejó convencer y la operación siguió adelante. Las Socorristas aceptaron la extraña condición impuesta, que consistía en que Rick sería atendido de su misteriosa dolencia en su misión de Calcuta hasta el día en que le llegara la muerte, y que mientras esto no ocurría y en los periodos de mejoría que sucedían a los de mayor gravedad, le sería permitido colaborar en las tareas de la orden, ayudando a aquellos desgraciados moribundos en la medida que sus posibilidades y conocimientos lo permitieran.
Cuando tuvo organizados todos sus asuntos, partió hacía Calcuta acompañado de un doctor y una enfermera. Una vez pagado el pasaje de ida y vuelta y los honorarios de éstos, así como su propio pasaje, la fortuna de Rick Benson había quedado reducida prácticamente a cero.
El viaje pasó, sin contratiempos y con la enfermedad siguiendo su curso, es decir con altibajos. Aunque, es justo decir que los momentos más duros fueron pocos, mientras que los de bonanza fueron mayoría… Especialmente a medida que los días iban pasando y que el viaje avanzaba y el destino se hacía más próximo. En Suez tuvo nuestro protagonista su última crisis verdaderamente grave y cuando llegó a la India hacía ya días que disfrutaba de un relativo sosiego.
Tal era su bienestar, que cuando estuvo instalado en la misión de las Socorristas pudo ponerse inmediatamente a trabajar en las labores que le asignaron, casi con el mismo grado de fortaleza y empuje con que lo hacían los otros trabajadores que allí había.
Solía pasar su tiempo libre, que no era mucho, junto a Silvia, hablaban especialmente de su trabajo allí, pero también compartían sus pensamientos y sus ideas… Al menos en parte, porque Silvia jamás se atrevió a hablarle a Rick del sentimiento que por él tenía, sentimiento que llenaba de calor su corazón y que cada día que pasaban juntos se apoderaba de ella con mayor fuerza. Por su parte, Rick, que abrigaba parecidos sentimientos, por nada del mundo se habría atrevido a ponerlos de manifiesto, estando como estaba por completo seguro que su destino era una muerte próxima, y que en cualquier momento recaería en su enfermedad, para no volver a salir de ella jamás, tal como la bruja haitiana había predicho.
Sin embargo, ese día no llegaba. Y ocurrió que una mañana ingresaron a una muchacha joven en el hospital de la orden. No era una joven india, como solían ser la mayoría de mujeres y hombres que acudían allí. El color de su piel era oscuro, pero sus cabellos rizados y sus facciones de origen africano delataban su origen. Cuando Rick la vio, reconoció de inmediato a la joven bruja que había anticipado tan fielmente el destino de su padre y el suyo propio. Nadie supo decirle cómo o cuándo había llegado ni qué enfermedad tenía. Rick se dirigió a ella y le preguntó qué estaba haciendo allí.
Ella dijo: “He venido a verte y a decirte que lo que predije se ha cumplido.”
“¿Y cómo es eso?”, preguntó él. Es cierto que mi padre murió y que yo heredé todos sus bienes. Es cierto que me puse muy enfermo y que mi prometida me abandonó. Como también lo es que me curé y volví a enfermar. ¡Pero aún no he muerto!

Yo no te dije que ibas a morir,. Dije excatamente: “después de luchar largo tiempo contra el dolor y la muerte, tu vida terminará”…

Y así ha ocurrido. Luchaste por tu vida y cuando la diste por perdida la ganaste. El día que regalaste todos tus bienes y viniste hasta aquí a morir ayudando a lo demás, ese día te salvaste. Has luchado largo tiempo contra el dolor y la muerte de estas pobres gentes a las que estás ayudando, y tu vida pasada ha terminado, sí… El Rick de la playa de Haití ha muerto… ahora eres otro. Distinto, más generoso, mejor… y puedes empezar desde hoy una nueva vida, sin temor y con la persona que amas. Juntos los dos, tenéis mucho bien que hacer y mucho por lo que luchar todavía. Tú vida, vuestra vida, será larga y fructífera. ¡Eres libre!

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