Nuestras alfombras orientales

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Cada vez le voy concediendo menos importancia a los objetos. A través de los años las personas los vamos acumulando. En mi caso, libros, cintas de cassette, comics , discos compactos de música y películas en diferentes formatos y soportes… Estos son los más duraderos. A algunos les concedo más valor que a otros, muchos los conservo porque dispongo del espacio suficiente. Pero si éste faltará, no me importaría demasiado desprenderme como hice con muchos de mis comics.

Los objetos tecnológicos ‘perecen’ más rápidamente: teléfonos móviles, walkman, ordenadores, equipos de música. Unos se tiran, otros si están en uso se regalan, algunos se conservan como ‘memoria histórica’ como mi primer móvil Nec P100 que debe tener ya unos 15 años y está como nuevo en su caja…

Los más valorados entre estos últimos son mi cadena JVC (sin plato, nunca me gustaron los vinilos) y mi querido macbook que solo tiene 15 meses.

Además hay otros objetos, diversos, útiles o inútiles con valor o sin él: figuras de porcelana, pequeñas antigüedades familiares, estilográficas, encendedores…
Por otro lado todos tenemos lo que podríamos llamar pequeño mobiliario: alguna lámpara, la butaca que chirría al grabar los podcasts, una mesita supletoria de origen supuestamente indú. Y, por supuesto, las alfombras.
Las alfombras son, entre los objetos accesorios, los que más valoro y los que mayor significado tienen para mí… Así que voy a hablaros de nuestras alfombras orientales.

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Cuando era jovencito y vivía con mis padres las alfombras no me gustaban como ahora. Mi reduccionista sentido práctico me indujo a pensar que son objetos que hay que limpiar a menudo y que tienen un uso impreciso, difuso, poco claro…

Hace algunos años, no demasiados, cayó en mis manos uno de los primeros libros de Ana María Briongos: Un invierno en Kandahar que me introdujo de forma casi mágica en el mundo oriental. La lectura de este libro supuso para mí lo que para otros pudiera suponer la de Las mil y una noches, salvando todas las distancias que el lector quiera suponerles.

El caso es que un invierno en Kandahar me introdujo en este mundo oriental (hoy se le llama Asia Central o Medio Oriente) que yo casi desconocía.

A través de los libros de Ana María, a quien más tarde he tenido el placer de conocer personalmente, fui descubriendo algunos de los secretos del Afganistán más tradicional y romántico, sobre todo el de los tiempos anteriores a la ocupación comunista.

Tiempos de hippies que atravesaban Europa y Asia en cualquier medio de transporte imaginable con el propósito de llegar a la India. Tiempos, incluso, en que ex-soldados norteamericanos volvían de Vietnam por el camino largo, e inverso al de los hippies… tratando de limpiarse, de olvidar si fuera posible, los horrores de una guerra incomprensible, antes de volver definitivamente a casa. Una casa que, como se sabe, no les esperaba precisamente con los brazos abiertos…

Ana María Briongos nunca ha vuelto a Afganistán desde la invasión soviética. Y de eso hace mucho. Así que cuando sintió la necesidad de volver a viajar a esa tierra mítica tuvo que mirar hacia otra parte. Y eligió Irán.
La guerra con Irak hacía bastante que había terminado, y el regimen de los Ayatolás ya había dejado atrás los tiempos de revolución y de guerra y se estaba concentrando en revitalizar económicamente el país, por supuesto siempre dentro de la más rigurosa tradición chií.

De este primer viaje a Irán de Ana María, que seguí con sumo interés a través de su libro La cueva de Alí-Baba, nace mi interés por las alfombras orientales. Más que interés, entusiasmo que, por cierto, creo que logré transmitirle a Nena.
En este libro, Ana María relata su estancia en Isfahán, en casa de una familia de comerciantes y sus largas horas de sosegada permanencia, té en ristre, en el negocio familiar, de alfombras por supuesto, en el famoso bazar de esta antigua y orgullosa ciudad persa.

Poco después de estas estimulantes lecturas, Nena y yo hicimos nuestro primer viaje juntos a Londres. Y allí, paseando por Camdem descubrimos como escondida del ajetreo, en un rincón de una de las plazas de este famosísimo mercado, una pequeña tienda de alfombras que nos sedujo. Entramos, y como suele hacerse en estos casos, el propietario nos fue mostrando con suma parsimonia las alfombras que por precio y medida se ajustaban a nuestro gusto. Estando en Londres no nos ofreció te, cosa que sin duda hubiera hecho de encontrarse en su tierra, pero como nos dijo el comerciante afgano, él, al igual que Ana María Briongos, tampoco había vuelto a su país desde la época de la invasión soviética a finales de los 70.
Las alfombras que compramos son pequeñas, del tipo que se pone a los pies de la cama. Nena eligió la suya y yo la mía. Por aquí y en flickr podréis ver algunas fotos. Son del mismo tamaño, hechas a mano, casi con toda seguridad por mujeres o niñas nómadas de las gélidas e inaccesibles montañas del Karakorum, y vendidas por un precio irrisorio en comparación a las 40 o 50 libras que creo que pagamos por cada una.

afghannenaliteNuestra afición por las alfombras orientales siguió vigorosa y pensamos en comprar una para nuestro pequeño salón. Uno puede comprar una alfombra de 4 m2 en Oriente y que se la manden desde allí con bastantes garantías. Sin embargo una compra de este estilo siempre reviste un cierto riesgo. También se pueden comprar por internet. Hay importantes tiendas virtuales, pero el hecho de no poder ver la alfombra, su calidad, los colores, los nudos, nos hizo renunciar también a esa posibilidad, así que cuando nos decidimos al fin a comprarla, lo hicimos en Barcelona.

Barcelona, por su clima cálido, no es una ciudad de muchas alfombras y por tanto la cantidad de tiendas dedicadas a esto es escasa. Pero las que hay son grandes y bonitas. Así que recorrimos varias y al fin encontramos la que buscábamos.

iran03liteDespués de estas compras y hasta el momento presente no ha habido más alfombras en nuestra vida (aunque hemos estado cerca de caer en la tentación otras veces), pero hoy, mientras las estaba limpiando, me he dado cuenta de que se mantienen igual de bonitas que el primer día, brillantes y cálidas. Solo necesitan una pequeña limpieza semanal y se mantienen en perfecto estado.

No hay que hacerles nada más. Por supuesto puedes pisarlas, incluso con zapatos y no les va a pasar nada. No se rompen, ni siquiera se manchan con facilidad. Exagerando, podríamos decir que son casi indestructibles.

Dos anécdotas al respecto. Una amiga de mi madre compró una alfombra persa grande y bonita, seguramente muy cara. Para protegerla la mantenía… ¡dentro de un plástico! Una locura, absurda e inconcebible, pero real.

Por el contrario, en Pakistán, y sobre todo en Afganistán, para engañar a visitantes incautos y venderles alfombras hechas mano, pero nuevas, a precio de antigüedad, las dejan en medio de la calzada. La gente pasa, los automóviles pasan, los camiones pasan… cuando ya han adquirido un cierto desgaste y un aire lo suficientemente ‘antiguo’ se lavan y se ponen a la venta por el doble o más de lo que costaban cuando eran nuevas.

Qué más puedo decir: una buena alfombra es un objeto con carácter como hay pocos. Para empezar está hecha a mano (tanto si es una pequeña alfombra nómada como una más grande hecha en un taller urbano) y por tanto es única aunque haya otras con diseños parecidos. Se tejen con lana, algodón y seda y se tiñen con tintes a base de plantas y otras productos naturales.

Una alfombra es algo sólido, robusto, resistente, para durar mucho más de lo que tú o yo podamos vivir, digamos que varios cientos de años. Da calor de hogar. Si las has comprado con mimo, seleccionándola tú mismo entre muchas, y en un momento especial, o se trata de un regalo, podríamos decir que conecta directamente con una parte de tu vida y por tanto es consustancial a ella y a ti.

Por último es una pequeña (o gran) obra de arte, en tu casa, a tus pies… puedes disfrutar de ella en cualquier momento, sentándote, jugando con tus hijos, contemplando sus dibujos, o haciendo el amor… incluso, como yo esta tarde, limpiándola y contándoos su historia.

Gracias por ‘escucharme’… :-)

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4 comentarios en “Nuestras alfombras orientales

  1. Hi Momo!!
    Fantástico post, me gustan nuestras alfombras, son casi como parte de la familia, cada una tiene su historia particular.
    Es verdad tu me has introducido en este mundo, incluso compramos un libro de alfombras, para que al ir a comprarlas no nos tomaran el pelo.
    Recuerdo cuando fuimos a Camden (Londres) y le dije al vendedor afgano que queríamos ir a su tierra, se le rizó el pelo y puso cara de espanto, como queriendo decir, esta mujer está loca, loca, loca, jajaja.

    Te quiero

    Nena

  2. Hola, Nena. Ya no me acordaba del libro que mencionas. Lo que sí recuerdo es cómo estuvimos mirando muchísimas tiendas on-line cuando pensamos en comprar la alfombra grande.

    No sé qué pensarán nuestros interlocutores, pero una alfombra iraní nueva como de 4m2 puede costar lo que un macbook (menos o más, dependiendo de la alfombra y del lugar donde se compre) y nos va a durar mucho más. Y tiene mucha más personalidad y es útil de otra manera…

    Sin embargo sospecho que a nuestros amigos informáticos el precio del macbook les parecerá aceptable, mientras que la alfombra tal vez la encuentren cara…

  3. Qué buen artículo. A mi padre le gustaban las alfombras y los gobelinos, pero yo nunca pude adaptarme a unas ni a los otros porque me da la sensación de que acumulan polvo (que me causa mucho fastidio), por más que se limpien o se les pase la aspiradora, pero también me parece absurda la acción de cubrir las alfombras con plástico (en mi pueblo natal igualmente conocí el caso de una dama muy adinerada que lo hacía).

    Ese fue también un problema cuando viví en un apartamento totalmente alfombrado, ya que de solo pensar en el polvo me da comezón en la piel (de allí me trasladé a un apartamento con piso totalmente de madera).

    Claro que no dejo de admirar la belleza del diseño y colorido de las alfombras orientales.

    Abrazos.

  4. Gustavo! Me alegra verte de nuevo por aquí.
    Me ocurre un poco como a ti con las alfombras (y mucho más con la moqueta): la suciedad me molesta. En países como España, especialmente en las ciudades, las alfombras se suelen llevar a las tintorerías a que las limpien.

    En el campo, o en los países con más tradición y cultura de alfombra, como Irán, Afganistán, China o Marruecos se suelen lavar con agua y jabón, al aire libre.
    Eso es lo que hacíamos nosotros en la casita de la montaña, donde también teníamos alfombras, aunque no eran orientales.

    Cubrir las alfombras con plástico creo que es un despropósito. Las alfombras son bastante resistentes y se pueden lavar cada vez que sea necesario. Y eso es lo que hay que hacer. Cubrirlas no las protege del polvo, y aunque evite las manchas, las afea tanto que pierden todo su atractivo. Es mejor una alfombra manchada, que una metida en un plástico.

    En cuanto a los diseños, las posibilidades son infinitas. Dentro de los países tradicionales, están las alfombras hechas en pequeños telares domésticos con dibujos más sencillos (pero que pueden ser muy hermosas y de muy buena calidad) y las alfombras hechas en talleres grandes con diseños más sofisticados.
    Los materiales también influyen. Los chinos son lo que usan más la seda, que le da un toque muy brillante a las alfombras. En Iran tb se usa la seda.
    Eso en cuanto a las tradicionales… porque después están las modernas que son preciosas también y a menudo tremendamente originales.

    Me gustaría mucho tener una alfombra moderna, pero la verdad que el piso es pequeño y por ahora no caben más. Tengo una hecha aquí en mi despacho que es bastante sencilla y vieja. Tal vez algún día la podamos cambiar por una moderna alfombra de diseño… :-)

    ¿En Colombia hay afición por las alfombras? ¿Quién las compra? ¿De dónde proceden? ¿Las usan más en los sitios fríos, como la capital? ¿O no se tiene en cuenta el clima?

    Te mando un fuerte abrazo.

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