Mi extraordinaria cena de hoy

pan-horneado

Por mi horario de trabajo muchas veces ceno solamente un bocadillo y algo de fruta.
Mientras comía mi bocadillo de hoy he pensado un poco en la gran cantidad de trabajo que ‘encierra’ ese trozo de pan con algo dentro, al que a menudo doy poca importancia.

Veamos: había quesitos, en porciones y desgrasados. Eso implica vacas, con sus granjas y las personas que las mantienen. Por supuesto el pienso que comen las vacas, que conlleva otros largo proceso. El tratamiento de la leche y la investigación que tuvo que llevarse a cabo para convertirla en un alimento completamente seguro y, en mi caso, libre de grasas.
Por supuesto, mis quesitos tienen su envoltorio. Vienen en una caja de cartón, envueltos en papel de aluminio… y con su etiqueta de papel de papel adhesivo… Quizá no nos fijamos, pero ahí hay también investigación, y mucho diseño industrial y gráfico.

En el bocadillo había también unas pocas anchoas. Para ponerlas a mi alcance hubo de construirse un barco (¡casi nada!), que se hizo a la mar lleno de pescadores con siglos de experiencia y técnicas a sus espaldas. Para poner el pescado en conserva se tuvo que limpiar primero, y salarlo y procesarlo después. Esto seguramente se hizo en una fábrica. Imagino a muchas mujeres vestidas con bastas azules, limpiando, salando y envasando las anchoas de mi cena y de otras muchas cenas y bocadillos y tapas…

¡Y qué decir del pan! Semillas de trigo fueron sembradas en algún lugar del planeta. Salieron espigas, y hombres y mujeres las cosecharon, con maquinaria muy avanzada, cuando llegó la primavera. Esas espigas siguieron un proceso, depurado durante siglos hasta convertirse en blanca harina que fue empaquetada y puesta, por manos humanas ayudadas por más máquinas, en la estantería del supermercado.

Nena compró ese kilo de harina y con una máquina fabricada en China y ensamblada en parte en Alemania amasó el pan. Luego hizo los panecillos con sus manos y mucho cariño. Y en un horno ,fabricado quién sabe dónde y que funciona con gas de vete a saber qué procedencia, se coció mi panecillo de hoy junto con unos cuantos más.

Y esta noche, sólo tuve que abrir nuestra vieja nevera, que aísla los alimentos del calor y los conserva una cantidad de tiempo que nuestras abuelas jamás habrían soñado cuando tenían mi edad… y tomé las anchoas y los quesitos y los puse dentro del pan que estaba en nuestro fabuloso congelador.

¿No os parece una maravilla? Pues nuestra vida cotidiana, cada paso que damos es una maravilla así… Y tenemos que agradecérselo a mucha gente que trabaja o trabajó alguna vez, para que nosotros podamos tener ese objeto o ese alimento.

Casi que dan ganas de llorar de alegría (y, con según que objetos, también de pena).

¡Casi lo olvido! Todo lo que he comido, todo lo que consumimos hace viajes, a menudo muy largos ,hasta llegar a nuestras manos. Contrariamente a lo que muchos imaginan, el día en que dejen de hacerse la mayor parte de estos viajes, de este transporte, todos (seres humanos, animales, incluso el planeta) viviremos mejor… Mucho mejor.
Aunque esa mejora solo se dará si el cambio de hábitos se hace conscientemente y de forma planificada.
Si es por necesidad, a la fuerza, entonces será que ya estamos al borde del caos.

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2 comentarios en “Mi extraordinaria cena de hoy

  1. Hola

    vaya pensamiento filosófico, el ultimo parecido que recuerdo, era de un profesor en una universidad con una hamburguesa en la mano
    me ha encantado
    la reflexión final es certera, si dependiéramos de lo cercano, aprenderíamos otra vez a ser humanos, a conocer a nuestros vecinos, de esta forma de transporte aniquilamos el planeta hasta que se potencie lo eléctrico, y avasallamos las relaciones humanas
    felicitaciones por la entrad de hoy

    un saludo

  2. Hola, José

    Para mí es muy importante tomar conciencia de las posibilidades y recursos que tengo, sin mérito alguno por mi parte: por el simple hecho de haber nacido en un lugar y momento concretos. Esta conciencia me hace ser agradecido.

    Mi abuela trabajó en la fábrica desde los seis años. Eran bastantes hermanos 6 o 7… y de las sardinas, cuando había, se comían hasta los ojos. Eso mucho antes de la Guerra Civil.

    Mi madre, que nació justo antes de la Guerra odia el pan integral, porque le recuerda un pan negro intragable que tuvo que comer, sí o sí, durante la guerra y después.

    Esto es por no ir muy lejos y dejarlo en familia. Si miro hacia África u otros sitios, no puedo pensar sino que soy un privilegiado y que en cierta forma estoy en deuda con quienes están en peor situación.

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