IV Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado

He recibido hoy en mi correo electrónico el siguiente mensaje, que quiero compartir con vosotros, ya que aquí hemos hablado en bastantes ocasiones sobre Afganistán:

Hoy le dan a la presidenta de ASDHA Mònica Bernabé el IV Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado. La entrega del premio será a las 20 horas en Córdoba.

Este premio se da por la “trayectoria profesional brillante y comprometida por la defensa de los Derechos Humanos de periodistas de cualquier nacionalidad o bien de organismos o entidades periodísticas que hayan realizado trabajos en zonas de conflicto bélico o de especial violencia social”.

Mónica Bernabé trabaja en Afganistán desde hace 2 años como periodista freelance y es la única periodista española que vive permanentemente en Afganistán. Así mismo, es la primera mujer en recibir el premio.

A continuación os adjunto el discurso de Mónica para la ceremonia de entrega del premio, donde nos pone al corriente de la actual situación del pueblo afgano en general y de sus mujeres en particular.

Discurso de Mònica Bernabé en la entrega del Premio Julio Anguita Parrado (7 de abril de 2010)

Estimados miembros del jurado, señoras y señores,

Es para mí un gran honor recibir el Premio Julio Anguita Parrado, convocado por el Sindicato de Periodistas de Andalucía, con el apoyo del Ayuntamiento y la Universidad de Córdoba. El padre de Anguita Parrado, Julio Anguita, declaró en el momento que se hizo público que se me había concedido este galardón que yo represento el espíritu de su hijo y el espíritu de este premio. Los que conocieron a Julio Anguita Parrado dicen que era una persona que irradiaba magnetismo, que buscaba la empatía y sabía ponerse en el lugar del otro, y un periodista que rebosaba humanidad, exigente con su trabajo, y con espíritu crítico y capacidad para percibir detalles que otros no veían.
Compararme con Julio, sinceramente, me parecería pretencioso. Me siento satisfecha y orgullosa con saber que algunos piensan que empiezo a seguir sus pasos.
Aunque mi intervención debe ser breve, no quiero desperdiciar esta ocasión para intentar explicar qué está ocurriendo en Afganistán, a pesar de que la realidad afgana es muy compleja como para exponerla en escasos minutos. No obstante, intentaré hacer un esfuerzo.
Permítanme primero que repase rápidamente la historia más reciente de Afganistán, porque de lo contrario es imposible entender lo que está ocurriendo ahora en ese país. Como bien es sabido, en 1979 las tropas soviéticas invadieron Afganistán y así es como el país se convirtió en un campo de batalla más de la Guerra Fría. Mientras la antigua Unión Soviética intentaba hacerse con el control del país, Estados Unidos se dedicó a armar y financiar a facciones afganas fundamentalistas, la mayoría islamistas, para combatir al invasor soviético.
Las tropas de la URSS se retiraron de Afganistán en 1989, pero entonces esas facciones fundamentalistas que inicialmente lucharon unidas contra los soviéticos, empezaron después una guerra sanguinaria por el poder. Todos los afganos y las afganas con los que he hablado durante los casi tres años que llevo viviendo en Afganistán y los diez que llevo viajando al país me dicen lo mismo: aquella época, de 1989 a 1996, fue la época más negra de Afganistán, incluso peor que el régimen de los talibán. Cuentan historias que ponen los pelos de punta.
Explican, por ejemplo, que los presos de guerra eran torturados con aceite hirviendo, o que se les mataba clavándoles clavos en la cabeza, y que las milicias de una etnia violaban a las mujeres de las otras. En aquel tiempo también es cuando Kabul, la capital afgana, quedó casi destruida como consecuencia de los cohetes que lanzaban las diferentes facciones en lucha. De hecho, en 1994 la población afgana recibió inicialmente a los talibán con los brazos abiertos porque ya no podía soportar más aquella situación de impunidad y guerra total.
Once de septiembre de 2001. Ocurren los atentados contra las Torres Gemelas en Nueva York y Estados Unidos inicia su intervención en Afganistán. A pesar de que muchas veces se compara la guerra de Afganistán con la de Irak, no tienen nada que ver. A diferencia de Irak, en Afganistán las tropas norteamericanas se concentraron en bombardear el país, y delegaron la invasión terrestre a esas facciones fundamentalistas que tantas atrocidades cometieron en Afganistán a principio de los años noventa.
Tras la caída del régimen talibán, en la conferencia de Bonn que se celebró auspiciada por la ONU en diciembre de 2001 en Alemania, esas facciones exigieron una compensación por el trabajo sucio realizado, y la comunidad internacional aceptó entonces darles poder y que entraran a formar parte del primer Gobierno interino de Afganistán. Se pensó entonces que era mejor tenerlas de nuestro lado que tenerlas en contra.
En la actualidad esos antiguos señores de la guerra continúan ocupando cargos de poder en el Gobierno afgano y controlan más de la mitad del Parlamento. Ahora tienen más fuerza que nunca. Antes tenían poder militar pero ahora, gracias a la comunidad internacional, también tienen poder económico y poder político.
La comunidad internacional –y cuando hablo de comunidad internacional, me refiero a las Naciones Unidas y también a los Gobiernos de los 42 países con fuerzas destacadas en Afganistán, entre ellos España – insiste ahora en que es necesario combatir la corrupción en Afganistán. Pero cuando estás en Afganistán y ves que los actuales vicepresidentes del Gobierno afgano, Mohammad Qasim Fahim y Karim Jalili, son dos de los principales criminales de guerra del país, te das cuenta que la corrupción no es el problema. La corrupción es tan sólo un síntoma del auténtico cáncer de la administración afgana, que es el poder de los señores de la guerra.
La comunidad internacional asegura que quiere mejorar la situación de las mujeres en Afganistán. Pero cuando estás en Afganistán y ves que el Parlamento afgano está controlado por señores de la guerra y que esos señores de la guerra dan luz verde a normas como el código de familia chií, que se aprobó en agosto del año pasado y que establece que las mujeres no pueden salir de casa sin el permiso del marido, te das cuenta que la situación de las mujeres no podrá cambiar nunca en Afganistán mientras en el Parlamento continúen esos señores de la guerra.
A pesar de ello, cuando se habla de las mujeres afganas en Occidente, sólo se menciona el burqa. Pero cuando estás en Afganistán y vas a un hospital, y ves que no hay agua corriente y a menudo tampoco hay electricidad, y que las mujeres, tras parir, tan sólo tienen treinta minutos para limpiarse como pueden, arreglar a la criatura e irse porque hay otra mujer que espera para dar a luz y no hay sitio para todas, te das cuenta, y les aseguro, que el problema de las mujeres afganas no es para nada el burqa.
La comunidad internacional continúa diciendo que, para combatir a los talibán, quiere ganarse la mente y los corazones de la población afgana. Pero cuando estás en Afganistán y ves que en el Gobierno afgano por el que luchan las tropas internacionales, hay personajes de trayectoria deleznable que no se sabe si son incluso peor que los talibán, te preguntas qué sentido tiene que los militares españoles y los militares de otros países pongan cada día su vida en riesgo por un Gobierno que es imposible que nunca pueda ganarse la mente y los corazones de la población afgana.
También quisiera enviar un mensaje a los colectivos que reivindican la retirada inmediata de las tropas internacionales de Afganistán. Ojalá la situación en Afganistán se pudiera arreglar con la retirada de las fuerzas extranjeras pero, por desgracia, es mucho más complicada. Cuando pregunto a los afganos y las afganas si quieren que continúen las tropas internacionales en Afganistán, todos y todas contestan que no, que quieren que se vayan. Pero cuando les vuelvo a preguntar si desean que marchen mañana mismo, todos y todas responden que no, que quieren que de momento se queden, porque temen que se vuelva a repetir la historia y los señores de la guerra inicien de nuevo una guerra brutal por el poder, como consecuencia de la desastrosa situación política existente en Afganistán, generada por la comunidad internacional. Por otro lado, la actual escalada bélica tampoco lleva a ninguna parte y se ha convertido en una auténtica locura. En enero y febrero ya han muerto 385 civiles, según datos de Naciones Unidas.
Quiero dar las gracias al diario El Mundo, y en especial a su sección de Internacional y a su responsable, Francisco Herranz, por haberme dado la oportunidad desde sus páginas de dar voz a la población afgana e informar de lo absurdo de esta guerra. Y también por haberme promocionado como periodista, cosa que ha hecho, en parte, que hoy pueda estar aquí recibiendo el Premio Julio Anguita Parrado.
Gracias también a Canal Sur Televisión y Radio Nacional de España, que son otros de los medios con los que colaboro con regularidad, al jurado de este galardón por haber apoyado mi candidatura por unanimidad, y al Sindicato de Periodistas de Madrid que me propuso al premio.
No quiero olvidar a los que me han ayudado en mi trabajo en Afganistán: el cooperante y amigo Sàgar Malé, el periodista Mikel Ayestaran, el fotógrafo Andreu Puig, y sobre todo todas las personas que han colaborado o continúan colaborando con la Asociación por los Derechos Humanos en Afganistán (ASDHA), ONG de ayuda a las mujeres afganas que fundé en al año 2000 y que en la actualidad aún presido. También quiero destacar el apoyo en la distancia de la segunda responsable de Internacional del diario El Mundo, Ana Alonso, y del periodista Gervasio Sánchez, que es quien me animó a establecerme en Afganistán y que siempre me ha guiado y lo continúa haciendo.
Gracias también a mi hermano, Víctor, por su apoyo a pesar de que considera que es una auténtica locura trabajar en Afganistán. Y quisiera dedicar este premio con mucho cariño a mis padres, Isabel y Faustino, que día a día sufren en silencio que yo viva y trabaje en ese país.
Señoras y señores, la comunidad internacional insiste en que es bueno mantener en el poder en Afganistán a los señores de la guerra porque, dice, eso ayuda a asegurar una cierta estabilidad en
algunas partes del país. Durante la última década, sin embargo, lo único que he visto es que la situación se ha ido degradando año tras año.
Cuando en Afganistán veo a las víctimas de la guerra, a gente mutilada, a personas que perdieron a sus seres queridos o que no saben dónde están, me gustaría que esos representantes de la comunidad internacional miraran a la cara a esas víctimas y, si pueden, les dijeran que apoyan a los criminales de guerra que les destrozaron la vida y que, por lo tanto, no les importa para nada su dolor y sufrimiento.
Como española y extranjera que vivo en Afganistán, y por lo tanto, me guste o no, como miembro de la comunidad internacional, siento verdadera vergüenza de lo que los extranjeros están haciendo en ese país. Desde hace años existen asociaciones afganas de derechos humanos que están formadas por gente común, gente de la calle, que sólo pide una cosa: una paz con justicia en Afganistán, que se aparte del poder a los criminales de guerra y que se acabe de una vez con la impunidad. Espero que los Gobiernos de los países que tienen tropas en Afganistán, en vez de enviar más militares, hacer declaraciones de buena voluntad y organizar conferencias internacionales, algún día escuchen por fin a la población afgana.
Muchas gracias.

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